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martes, 7 de julio de 2020

3 días aprendiendo en la magnífica Praga. Abril 2016

Abordé puntualísimo en la estación de Berlín el tren que luego de cuatro horas y media me dejaría en la estación central de Praga o Praha, en el idioma Checo. Como todo viaje en tren, el ritmo fue muy apacible, rodeado de paisajes hermosos y al lado de dos grandes ríos: el Elba y el Moldavia, incluyendo una parada breve en Dresde, que desde la estación ya se pronosticaba fantástica y se convirtió en una visita pendiente.

Este viaje en tren fue como una ensoñación, porque era de una estética más antigua; el coche comedor hacía sentir un poco que estaba retrocediendo en el tiempo, disfrutando mi delicioso brownie, con mucha salsa y mucha crema y café, con la lectura del día.



Respecto a la ciudad era un pendiente para mí desde que mis papas la visitaron y quedaron encantados con la música, el magnífico puente y el trabajo del cristal de Bohemia, de los cuales nos trajeron varias joyitas, que aún atesoro. 

Si debo reconocer que esta visita supuso para mi un poco más de estudio previo que lo normal, tanto de geografía, como también de historia porque esta ciudad es riquísima en acontecimientos: fue asentamiento celta, del cual emana el nombre de Bohemia de la región que formó parte por siglos,  fue parte del imperio romano, ciudad medieval con todas las de la ley, parte del imperio Austro Húngaro, pero además tiene también una historia reciente muy movida: desde el fin de la primera guerra mundial, cuando se fundó Checoslovaquia, a ser muy golpeada en la segunda guerra después de la cual quedan bajo el régimen comunista, y su "cortina de hierro", con el intento de separación de la conocida Primavera de Praga, en el año 1968, y luego con la Revolución de Terciopelo, en 1989, por la cual se independiza de URSS, y finalmente en el año 1993, con separación y constitución de lo que actualmente conocemos como República Checa (visitaría la hermosa Eslovaquia en el verano de 2017).

Respecto de la propia ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco en 1992, también fue preciso investigar para determinar en cuál de las dos porciones de la llamada Praga 1 quedarme: si Mala Strana, donde está situado el gran castillo y todos sus maravillosos componentes o Stare Mestro, o la ciudad vieja que también tiene atracciones muy principales.

Finalmente me decidí por Stare Mestro, y por el Old Prague Hotel (www.oldpraguehotel.cz/es/), que tenía un súper buen precio y una ubicación privilegiada, dado que estaba cerca de todo, pero no exactamente donde andaba la tantísima gente que había, aunque de todas formas es una ciudad sumamente caminable. La atención por otra parte fue espectacular, la niña de la recepción fue muy amorosa, para dar sus recomendaciones y para organizar los traslados que le pedí, súper curiosa de verme viajando sola. 

La habitación era enorme, de look antiguo que ameritaba, y muy abrigadita.




Justo visité la ciudad en Semana Santa que es época de escapada de los europeos por lo que los sitios más populares estaban bastante llenos  y no fue fácil tomar fotos decentes, razón por la cual me prometí volver, además porque tres días no son nada para disfrutar toda la arquitectura, cultura literaria (al menos Kundera, Neruda y Kafka) y belleza que tiene esta ciudad. No era todo malo sin embargo, porque en la plaza y en el castillo estaban todos los mercados tradicionales funcionando, con artesanías alusivas a pascua de resurrección y comidas típicas.

Mi punto de partida, luego de cambiar plata (acá usan la Corona Checa, aproximadamente 25 por euro) fue el sitio favorito de mis padres y uno de los iconos de la ciudad: el Puente de Carlos, que ha comunicado Mala Strana con la Stare Miesto desde 1357.



El puente hoy es peatonal y en la época en que yo fui, ocupado de lado a lado, como estilo navidad.


De las más de 30 estatuas situadas en las barandas del puente, por lejos la más visitada es la de San Juan Nepomuceno, el santo protector de Bohemia, quien habría sido arrojado al río por proteger el secreto de confesión de la mismísima reina. El uso popular manda a tocar la placa donde está el perro, para regresar a la ciudad.



Para llegar al castillo hay dos caminos, y está súper bien señalizado, yo elegí para la primera vez, cuando subí caminando, el que me permitía también pasar por algunos puntos más turísticos como la columna de la Santísima Trinidad y subir por la calle Nerudova, hasta Hradcany Square, pero, me distraje en el camino con unas dulces masas de rico olor, llamadas impronunciablemente Trdelnik, y que podía mejorarse con helado o crema, pero que decidí por esa vez probar sola, para empezar a familiarizarme con la tradición.




Seguí mi ascenso para encontrar las alusiones de Jan Neruda - en su propia calle Nerudova- un poeta checo, anterior al nuestro, pero respecto de quién se rumorea que habría inspirado el nombre del premio Nobel chileno. El punto, señalan los más escépticos, es que a la edad que Neruda adoptó su seudónimo era altamente improbable que haya caído un libro de poesía checa traducido al español al sur de Chile para que recibiera la inspiración, pero quién sabe, dado que ni el propio poeta explicó nunca su origen.



Seguí la peregrinación turística hacia el magnífico Castillo de Praga, cruzando Mala Strana, hasta llegar a Hradcanské Náméstí, o la plaza Hradcany, que es el acceso de la visita organizada. Yo llegué cerca de las 16:00 horas, que por casualidad es la hora que abren (casi al  borde del cierre del recinto) el recorrido gratuito, tanto por la Catedral, como por las otras atracciones del complejo.




El Castillo no es un edificio tan solo, sino un conjunto de varias pabellones, patios e iglesias, todas ellas hermosas y representativas del poder político y espiritual del reino a través de los años. El conjunto empezó a ser construido en el siglo IX, durante la época Bohemia y además hoy sirve de asiento también al Palacio Presidencial.

Yo entré por la Puerta de San Matías, hacia los patios con varias fuentes y también visitantes.


Cruzando hacia el tercer patio aparece majestuosa la Catedral de San Vito, que reúne el estilo barroco y gótico en una sola construcción, y cuyas torres dominan toda la ciudad. En su interior, también hermoso,  con un rosetón que nada le envidia al de Notre Dame, se encuentran varios mausoleos reales y las reliquias del Santo nacional San Wenceslao.



La verdad el edificio es magnífico por su entidad, pero me llama la atención que a la vez esté protegido por los demás edificios del complejo, por lo que se descubre en todo su esplendor al visitante, sólo una vez adentro del castillo.


Como estaban en semana santa, estaban funcionando el mercado en una de las plazas del castillo, donde estaban preparando Trdelnik en la forma más tradicional y vino caliente.



Así también estaban también los artesanos en escenas preciosas, trabajando el fierro e hilando lanas, tal como debe haber sido en la edad media, donde tenían aquí sitio para trabajar y vivir..



Lo más lindo de artesanía eran cáscaras de huevo decoradas con pintura y con calado, muy del estilo de los huevos pascua de resurrección, pero demasiado delicados como para soportar el viaje a Chile, porque me quedaban todavía 10 días de viaje, pero que aún recuerdo, por su colorido y delicadeza.


Avanzando un poco encontré uno de los rincones más hermosos del complejo: Golden Lane o la calle de oro, que es un pasaje como de cuento, que recibe su nombre porque en estas pequeñas y graciosas calles vivieron en el pasado los artesanos orfebres, aunque se dice que también los alquimistas que tenían aquí sus laboratorios para transformar cualquier metal en el preciado oro para los reyes.





Hoy funcionan tiendas muy coquetas con todo tipo de artesanías, marionetas, juguetitos y cerámica pintada, donde pude comprar unos huevitos pintados hermosos que tenían a la vez más chances de llegar vivos a Chile.



Curiosamente también vivió en este lugar el mismísimo Kafka, en la casa del número 22, montando su escritorio en 1916, durante la primera guerra mundial, por lo que algo lo habrá inspirado ... quizás "El Castillo", de 1926 ?



Terminada la calle, me di una vuelta y encontré mi perdición: la tienda Manufaktura (www.manufaktura.cz), donde venden productos cosméticos y de hogar, con los más ricos aromas, y donde compré regalitos para mis hermanas y mi mamá, en especial el aceite para manos y cutículas, de los más ricos que he probado.

Como había llegado tan tarde y cierran temprano, obligada di por terminada mi visita y seguí caminando por el barrio hacia la vecina iglesia Nuestra Señora de Loreto, y donde elegí también dónde comer, en una coqueta terraza, abrigadita hasta con una piel de oveja. 



Hice el recorrido inverso de regreso  por otra vía disfrutando el atardecer y aprovechando de vitrinear las tiendas de cristales admirando todo lo que no podía traer... 


Cómo en esta parte no iba preparada con estudio previo, sólo caminé distraída sólo descubriendo cosas (volvería al día subsiguiente experimentando el Segway, para no hacer de nuevo el ascenso caminando). Así, me encontré en la Isla de Kampa, que al parecer es un canal del Moldava, y en una de sus plazas una extensa fila, que marcaba el inicio de la calle Vinarna Certovka, que mide 10 metros y tiene 70 centímetros de ancho, y que por ello, tiene un semáforo peatonal y desemboca en la orilla del rio, con y a un restaurante no muy llamativo para mí. Volví en la noche y tenía una vista hermosa, eso sí.



A unos pasos está situado el Museo de Kafka, en el que te dan la bienvenida la estatua de los hombres orinando sobre el mapa del país del escultor checo Cerny.



Di otros pasos más ya de regreso al puente de Carlos y me topé con un lugar muy congestionado, pero que al liberarse un poco pude disfrutar mucho por su colorido y por su historia: Lennonova ze´, o el muro de John Lennon, que desde los años 80 después de su muerte, ha sido lienzo de varios graffitis, que honran al artista, sus letras y su forma de ver el mundo, en tiempos en que estaba prohibido escucharlo. 



Cada vez que el muro era pintado, la autoridad lo borraba, pero lo volvían a pintar ... 


Me gustó mucho caminar por la isla y toparme con maravillosos puntos como el Molino del Gran Priorato, sobre el llamado Canal del Diablo, con su duende fumando pipa que enmarcaba toda la postal. 


Volviendo a Mala Strana y muy cerca de la plaza de la Santísima Trinidad, encontré uno de los muchos lugares de masaje Thai que hay en la ciudad, Thai Paradise, donde recibí un masaje de piernas y pies por 10 euros que me vino estupendo después de la larga caminata.



Al día siguiente después del desayuno en el hotel, caminé el par de cuadras que me separaba de la gran atracción de mi barrio, en la Ciudad Vieja, centro además de la zona 1 de la ciudad: el ayuntamiento de la ciudad, en cuya esquina se encuentra el Reloj Astronómico de Praga.


Este reloj se conoce como el más antiguo de Europa, su parte inicial data de 1410 y luego se ha ido perfeccionando y hermoseando. Además de indicar la hora, marca la elipse de la luna y el movimiento del sol, además de los signos del zodiaco. A cada hora salen las figuras de los 12 apóstoles y se asoman por las ventanillas, anunciados por la campana que mueve una calavera, cerrando con el toque de la trompeta (por un humano)


Yo diría que esa es una de las más hermosas postales de esa parte de la ciudad, teniendo en consideración además que ahí empieza la Plaza, presidida por la más hermosa Iglesia de Nuestra Señora de Tyn, que parece verdaderamente sacada de un cuento.


A esa hora y hasta tarde en la noche esa porción de la ciudad estaba repleta de gente, porque además estaba funcionando el mercado, y los juegos infantiles, por todos lados habían huevitos y cintas, augurando también el pronto inicio de la primavera.

La iglesia fue levantada en el siglo XIV, en todo el estilo gótico, como idea de los vecinos, para competir con San Vito.


A unos pasos de la plaza está la Torre de la Pólvora, que es vestigio de la antigua ciudad amurallada del siglo XV, y que después sirvió de almacén de pólvora lo que le da su nombre actual.


De pasada me topé con el Divadlo Hybernia, un teatro, que data del siglo XVII donde se exhiben musicales y ballet.



También muy cerca de la Plaza esta el Mercado de Havelská, también hermoso y colorido,  donde por un lado hay mucha artesanía, en especial las bellas marionetas y pequeños souvenir con cristales incrustados, como limas y pinches y en la otra sección frutas y verduras traídas del campo, como desde el siglo XIII, cuando tuvo origen este mercado más antiguo de la ciudad.




Crucé la plaza al lado contrario, y previo café en la terraza del concurrido Franz Kafka Café, seguí hacia el barrio judío.


El barrio Josefov que fue asentamiento judío desde el siglo XII, y que funcionó realmente como ghetto, con todo sinagogas, incluyendo la que se cree como más antigua del mundo y cementerios hasta el siglo XVIII, cuando se les permitió vivir en cualquier parte de la ciudad.



El tercer día me dediqué a recorrer la ciudad en Segway y además visitar la ciudad nueva o Nove Mesto, escenario de la historia más reciente del país en especial de la Revolución de Terciopelo en 1989, que terminó con la salida  (no violenta  de ahí su nombre) de la entonces Checoslovaquia del bloque comunista, dado que en este lugar se realizaron las principales manifestaciones.



La plaza de Wenceslao es una explanada enorme en cuyo fondo aparece el enorme Museo Nacional, durante mi visita estaban los mercados de comida, así que caminé viendo tiendas y puestos, comiendo las papas fritas de rollito llamada Bramborova Spirala, más ricas que he comido. 



Durante las noches me dediqué a recorrer cada esquina de mi barrio, la plaza y los mercados, y así me encontré con varias joyitas como el Club Jazz Republic Praha, que estaba en la esquina de mi hotel, muy entretenido aunque el mojito más aguado que he probado.

El restaurante más bonito que visité fue el Seven Angels, también es Stare Mesto, cuya historia cuenta que funciona desde 1392.


El lugar es precioso, aunque no recuerdo que la comida haya sido especialmente rica, sí la atención, curiosos de por qué nunca llegó mi acompañante, aunque insistí desde el principio la reserva era para una persona. 

Lo otro que me encantó fue la banda, desesperada por encontrar algo latino en su repertorio , sin éxito, aunque yo estaba fascinada por las notas del violín con sonidos gitanos que tanto me gustan.



Crucé tranquila el Puente de Carlos hacia Mala Strana, esta vez no con tanta gente pude admirar mejor las estatuas y escuchar el agua y también la  música que resonaba en el ambiente. Pude tocar el perro del Santo también y admirar sus grabados, garantizando así mi regreso futuro a la ciudad.


Y volví a recorrer la Isla Kampa con todos sus atractivos, lo  más lindo para mi, entrar sin gente al callejón del semáforo y dar con la orilla del rio, donde estaban aún merodeando los maravillosos cisnes y esta postal (donde además se filmó parte del video de Never Tear us apart de INXS, que recorre la ciudad en ese hermoso video)


Y volví a salir de ese estado de ensoñación por la misma calle del semáforo peatonal.


Lo último que me faltaba cerrar este digno y completo paseo fue honrar la tradición cervecera del país, que data del siglo X tomando una pivo o cerveza, aunque no me declaro muy fanática. Para ello  me instalé en mi hermoso vecino bar Jewel (www.jewel.cz/en/), a probar unas pilsen (la verdadera) en vaso de cristal checo, el mejor cierre para este notable capítulo de mi viaje.




Next destination: Moscú. 

martes, 23 de junio de 2020

Me enamoré de Berlin. 5 días. Marzo de 2016

Después de una despedida sentida de Amsterdam, ciudad que me encantó, me dispuse a tomar  en la estación central el tren a mi siguiente destino: Berlín. Lo tenía pospuesto desde hace años y sólo puedo decir qué equivocada estuve!... porque en los siguientes 5 días realmente me enamoré de esta ciudad que tiene absolutamente de todo: arte, ocio, historia, buenas tiendas, mucho movimiento y también mucho color. 

Ese mismo día en la mañana hubo justo un atentado en el aeropuerto y en el metro de Bruselas, donde resultaron más de 30 personas muertas y muchos heridos, por lo que había un poco de tensión en las estaciones y mucha preocupación de los míos en Chile, pero afortunadamente además de lamentarlo mucho, estuvo lejos de entorpecer mi traslado.






El viaje en tren fue tranquilo y agradable,  tardó 6 horas e hizo solo una parada en Hannover. Llegué de noche a la ciudad y me trasladé en taxi al hotel Ibis de Postdamer Platz, que resultó todo un acierto por precio y por ubicación, pues se podía ir caminando a casi todos lados y tenía al lado una estación de metro de la línea U y el Mall Berlín, con una completa y surtida tienda Lind ... qué mejor!


Apenas me instalé salí a recorrer el barrio y a buscar algo de comer. No recuerdo que haya sido tan tarde, pero ya estaba todo cerrado y no había mucha gente en la calle, así que solo me dediqué a caminar, curioseando todo y paré a comer en un Vapiano a la orilla de Tiergarten y de regreso un café en el Espresso House de la esquina, que era de lo poco que aún atendía. Estaba todo super iluminado y se sentía muy seguro.


Avancé un par de cuadras y me recibió la mismísima Brandenburger Tor, uno de los grandes iconos de la ciudad, y como buena turista entré a la ciudad por la puerta que recibe a los foráneos desde 1791. Ese día estaba iluminada por los colores de la bandera Belga, honrando a las víctimas de los atentados sucedidos esa misma mañana.



Al día siguiente hice el mismo recorrido, esta vez con luz, partiendo por Postdamer Platz, que comenzaba su movimiento. Ahí mismo, en una orilla se sitúa el testimonio del primer semáforo de Europa, que ha regulado el cruce más movido de la ciudad desde 1924.



Y es que Berlín tiene algo con los semáforos que lo sitúa mucho más allá de ser solo una señal de tránsito y lo erige como otro icono de la ciudad: se trata el Ampelmann, que es el monito de la luz para los peatones, pero que en esta versión que lleva traje y sombrero y que es de lo más cool.

La historia cuenta que ese diseño fue creado y utilizado en Alemania del Este, y que luego de la reunificación para hacer todo más homogéneo desapareció, sustituido por el normal y aburrido... pero la nostalgia hizo campaña y logró que el icono regresara en gloria y majestad en el año 1995, y desde ahí ha ganado una fama enorme, casi como el oso, y tiene hasta tienda temática, siendo uno de los souvenir más clásicos y queridos de la ciudad.




Justo en este sector de Postdamer Platz corría el muro que dividió las dos Alemanias entre 1961 a 1989, por lo que tanto en el suelo está señalado por las placas conmemorativas y también hay vestigios de algunas de sus partes, y una explanada grande situada en el contiguo topografía del Terror.


Debo reconocer que no me detuve mucho en mi vecina Topografía del Terror, que además de ser un sitio histórico en sí mismo por haber servido de asiento a las oficinas de la Gestapo y SS, tiene varias exposiciones y un centro documental techado, y en su exterior, contiguo a una gran porción del muro que permanece intacto, cuenta una exposición de fotografía, con varias explicaciones sobre lo que solía suceder ahí, y desde donde la muestra obtiene su nombre. 




Es esperanzador como el muro ha ido mutando después de su caída a una cicatriz eterna que es testigo de la historia, que existió y  que duele, pero también se abre espacio al futuro y se ha llenado de color como se manifiesta en East side Gallery y en este trozo coloreado por Thierry Noir (que es de mis favoritos) el que se dedicó a pintar el muro en la clandestinidad desde 1984.





Avancé unos pasos (literal) y encontré justo en la esquina de la calle Hanna Arendt, que tanto me recordó mis clases de filosofía del derecho,  el Monumento memorial del Holocausto, que es impresionante por su entidad, como una cuadra completa, y por su solemnidad.

Este complejo fue inaugurado 2005 y es un conjunto enorme de 2.700 bloques de concreto distintos tamaños y alturas, que han despertado varias interpretaciones respecto a lo que representa cada uno ellos. Tiene un centro de visitas, pero también se recorre, caminando sus pasadizos, con recogimiento y medio con el corazón apretado que yo creo que es el objetivo de una obra que se habita y no solo se contempla.



Y de nuevo me dio la bienvenida la Puerta, a esa hora en plena actividad y en el momento justo para tomarme un café para planear qué haría durante esos días. Hay varias visitas que repetí como Alexanderplatz que me encantó y también Federichstrasse y Unter der Linden, ambas llenas de historia, pero ahora también de lindas tiendas.


En esa mañana también una conmemoración de las víctimas de Bruselas.



Precisamente bajo la puerta empiezan los recorridos de los free tours. Yo otra vez decidí por  repetir Sandemans, igual que en Amsterdam y resultó muy entretenido e interesante (https://www.neweuropetours.eu/es/tours-en-berlin/). El guía era un argentino encantador y muy bien documentado que mezcló la historia de anterior al nazismo, ambas guerras mundiales, la guerra fría y el sitio destacado que ocupa hoy Alemania en el mapa europeo de manera muy didáctica.

Caminamos al Check Point Charlie, que fue uno de los pocos puntos de comunicación y paso entre las dos Alemania, y que hoy, como punto turístico presenta varias contradicciones:  tiene un McDonalds justo frente a la estrella comunista y el puesto de control de antaño recreado con uniformados del lado soviético y del americano, prestan la gorra para la foto del recuerdo con total banalidad. 




En este sector también hay varios lugares para hacer el Trabi Safari, en uno de estos característicos autos de Alemania del este, algunos de ellos, muy decorados, incluyendo uno con las pinturas de Noir.




Seguimos el recorrido hacia Gendarmenmarkt, con sus dos iglesias gemelas y la sede de la sinfónica de Berlín, restaurados todos después de la segunda guerra.


Continuamos el paseo para finalizarlo en el área de la Universidad de Humboldt y la Bebelplatz, tristemente famosa por haber sido escenario de la más grande quema de libros en 1933.  

Justo en la explanada y bajo un piso transparente se pueden ver estanterías de libros blancas y vacías y una cita acuñada en el piso impresionante y conmovedora, justo de uno de los autores que ardieron en la pira,  Heinrich Heine, que anticipó tanto que daba escalofríos: "ahí donde se queman libros, se terminan quemando también personas"


Despedida de mi guía y entregado su tip, me fui corriendo a la llamada Isla de los Museos o Museumsinsel, declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco en 1999, con mis entradas ya compradas previamente on line (https://shop.smb.museum/) y afortunadamente porque había mucha fila. La idea es comprar el ticket integrado que permite la visita a los 5 museos que alberga la isla, incluso para mí que visité solo 2 resultó más barato que comprar las entradas por separado.

Inicié mi recorrido por al Pergamonmuseum que es la joya más impresionante de la isla, y un sueño cumplido para mi.

No se puede entrar con cartera grande, aunque si con cámara, así que me desabrigué un poco, guardé todo en un casillero y empecé a disfrutar del museo, que en este caso, alberga altares y revestimientos completos, no solo la colección de objetos sueltos como en otros museos; cuando se dice que acá está la Puerta de Ishtar diosa del amor y la guerra de la mismísima Babilonia, del siglo V a.C, pues está ! y completita, con todos sus leones y detalles, lo mismo con la puerta del mercado de Mileto y la fachada de Mushatta de la actual Jordania, que es igualmente impresionante y bella.



La colección es impresionante, está dividida en arte islámico, oriente próximo y una colección clásica, aunque la mayoría de las piezas más impresionantes son las provienen, de la antigua Mesopotamia,  Siria e Irán y alrededores y ahí su particular estética.


Hay varias salas impresionantes por su conservación, colorido y acabado de los detalles, considerando especialmente que estamos hablando de muchas piezas de la era pre cristiana. Sólo una sala no se puede fotografiar y tocar y es precisamente una de las más impresionantes: la sala de Aleppo.


Es increíble el colorido y el acabado de los azulejos, brillantes y bien conservados.


La pieza que le da el nombre al museo, el Altar de Pérgamo sin embargo estaba en restauración al tiempo de mi visita, reemplazada por una maqueta virtual que le hacía bastante honor a los detalles.




Vuelvo a insistir que para mí este es un museo imperdible, y me hubiese encantado tener más tiempo para recorrerlo. La tienda de souvenir es fantástica, porque tiene reproducción de casi todo. Me traje el libro, por supuesto, pero un montón de otras lápices y fundas para lentes, todas con la estética  persa que me encanta.



Terminada mi visita en Pérgamo me fui al edificio contiguo Neues Museum, mayormente dedicado al antiguo Egipcio, y donde reside la mismísima Nefertiti su más célebre habitante objeto de toda la peregrinación turística y que es impresionante por su belleza e importancia. Para mí vino a completar toda la idea que me había podido hacer previamente en mi visita al Valle de los Reyes en Luxor en 2009, donde supuestamente descansa esta mítica reina.




A pesar de ser el busto de Nefertiti la más querida joya de este museo, el edificio en sí es impresionante, así como la forma en que se encuentran dispuestas las colecciones.




Fue bonita mi parada para comer algo en el mismo museo en el Allegretto Cafe (https://www.museumscafes.de/deutschland/berlin/allegretto-caffe-neues-museum/), porque la comida estaba también inspirada en el  oriente, cuyos objetos se representaban en el museo por lo que disfruté de mi té a la menta con hummus y pancito estilo Pita y una ensalada tipo Tabouli, feliz de la vida. 


La última parada de la isla fue para visitar la Berliner Dom o Catedral de Berlín,  iglesia protestante   hermosa y muy solemne,  y que también sirve como asiento para el descanso de muchos miembros imperiales.


Otra institución berlinesa que encontré en este sector y por todos lados, incluidos vendedores itinerantes fue el famoso Currywurst, que es un plato con papas fritas y una especie de salchicha con mucho curry. Yo no como carne, así que lo probé sin, para regocijo del vendedor que no podía creer que me perdiera lo mejor del plato, aunque no sabía lo fanática de las papas fritas que soy y aún más con curry  con el que quedaban aún más deliciosas.



Desde la Catedral caminé guiada por la Torre de la Televisión, que preside los cielos desde 1969, cuando fue levantada como señal del poderío de la RDA, hacia Alexanderplatz, la otra plaza famosa de la ciudad, aunque esta tenía harto más movimiento que mi vecina.


La plaza en sí misma ha sido testigo de toda la historia de la ciudad de la antigüedad, hasta incluso los hechos que originaron la caída del muro en 1989. Hoy es comercial y turística al máximo, con todo y su estética soviética, especialmente la estación del metro y sus icónicas letras. Uno de sus símbolos es el reloj mundial, que indica la hora de todos los meridianos.


Yo justo pasé semana santa en la ciudad, y como soy ignorante, pensé que ellos no la conmemoraban y dejé un par de compras para el día siguiente, en especial las de la Galería Kaufhof, que es una tienda de departamentos grande y surtida, pero estaba cerrada en viernes santo y entonces me quedé con todas las ganas.

Lo bueno es como celebraban el domingo de resurrección y esta es una fiesta del dulce, había un mercadito lleno de coquetos puestos con las más hermosas delicias de chocolates y paletas de dulce y también panqueques,  además de terrazas con cervecita, así que mi visita no fue en vano. 



Mi buen amigo Walter me recomendó mucho la visita al Edificio del Reichstag, donde funciona el Parlamento Alemán. Hay que reservar en la web www.bundestag.de/en/ y en realidad es súper interesante. Te reciben en un centro de visitantes, con mucha seguridad y te dan las indicaciones para la visita.



Lo interesante de esta visita, además de estar en el centro político del país, es precisamente el edificio, de corte muy tradicional como en 1894 el año de su construcción, pero coronado por un domo de vidrio, diseñado por Norman Foster (uno de los favoritos de mi amiga Cathy), que baja con un  tubo de espejos hacia la sala de debates, para optimizar la luz y la calefacción natural, y convertirlo así en un edificio de energía eficiente.


La terraza permite una vista en 360 a la ciudad, y hacía mucho frió, así que entré al Käfer que funciona ahí mismo, y que tiene unas orquídeas maravillosas en la entrada y ricos pastelitos (aunque un poco caro)


Terminada mi visita aproveché de caminar un poco por Tiergarten, este parque verde y gigante que sirve de asiento a los edificios públicos, y de paseo para los berlineses y turistas.




Otro de los días tomé también en Sandemans, pero esta vez pagado (15 euros), el tour de arte alternativo. Había visto en documentales mucha presencia nacional en el circuito más uderground de la ciudad, en especial desde la caída del muro, por lo que estaba súper interesada en llegar a Tacheles, que fue como la meca del street art y centro cultural auto gestionado... peeeero, estaba ya desmantelado, desde 2012.



Igual paramos y disfrutamos de la historia y de los vestigios que aún quedan, fue una utopía que comenzó como casa okupa y que sirvió de taller para cientos de artistas durante 12 años, luego de los cuales cerró, después de una lucha pacífica de sus defensores, para ser destinado a un hotel. Todo a su alrededor eso sí guiña al arte, al stencil y al grafitti y aunque esté en abandono, sigue comunicando.




Seguimos la caminata, adentrándonos en Mitte, haciendo paradas para reconocer a los grafiteros que nos iba presentando nuestro entretenido guía, hasta que llegamos a uno de mis lugares favoritos del paseo: Clärchens Ballhaus, que es un salón de baile de estética antigua, pero con música moderna encantador y donde se ha bailado incluso durante los periodos más oscuros de la ciudad.




Seguimos la caminata hacia el barrio judío y la calle Rosethalen, donde se encuentran varios edificios de fechadas hermosas conectados por patios interiores muy bonitos, llamados Hackesche Hófe, restaurados post segunda guerra y que hoy sirven de asiento para cafés y tiendas hermosas, en especial el Endellscher Hof, que es el de la foto.



Continuamos la caminata hacia el pasaje vecino Haus Scwarzenberg, otro patio lleno de pinturas, esténciles y stickers, donde hicimos un alto, para hacer varias visitas independientes.


En  este lugar se sitúa el Museo de Otto Weidt, donde funcionó un taller de escobas y cepillos y donde se contrataron a varios judíos sordos y ciegos para evitar que fueran a los campos de exterminio y el centro de Ana Frank, que también se puede visitar.


También se ubica el café Cinema, que da la bienvenida y la despedida al pasaje con su estética que tributa a la primera tecnología audiovisual del mundo.


En todo el barrio se pueden encontrar en la calle, varias plaquitas doradas con el nombre de la familia judía que habitó la casa y la fecha en que fue llevada al campo de exterminio y es parte de un proyecto muy grande, dedicado a la memoria.


Desde ahí nos movilizamos en una tranquila caminata, cruzamos el rio Spree, hacia el Yaam, Young african art market (www.yaam.de/) que es un bar de onda africana jamaiquina, donde paramos un rato para conversar y conocer y luego irnos directo al cierre del recorrido.



El East Side Gallery es un conjunto de murales que se pintaron por más de cien artistas en una parte del muro, especialmente reservado para ello y constituye la galería al aire libre más importante del país.



Hay varias piezas bien icónicas, una de Noir y esta de un tradicional Trabi, cruzando el muro desde la Alemania Oriental.


Y esta clásica del beso entre Honecker y Brezhnev.


Me devolví en metro a mis barrios, para visitar Postdamer Platz de noche, pero estaba sorprendentemente tranquila.


Otra visita que hice en bus desde Alexanderplatz, en el bus 100, fue a la zona de Charlottenburg, más lujosa que donde había estado los otros días. La idea era hacer una breve parada en Hard Rock Café, para comprar el pin para mi sobrino Tomy y seguir recorriendo los alrededores.




En este barrio se ubica el Bikini Berlin, un centro comercial muy elegante, que estaba cerrado por las fiestas, así que seguí caminando, entre la decoración de semana santa hacia el Kaiser Wilhelm Memorial, también conocida como la Iglesia Rota, o Iglesia del recuerdo, dado que se conservan solo las ruinas que quedaron luego de haber sido bombardeada durante la segunda guerra mundial.



Terminadas todas mis visitas en Berlin, y decidida a volver cada vez que pueda por más, me despedí de la ciudad en la Berlin Hauptbanhof, que además de estación de trenes es una atracción en sí misma, con su espectacular diseño y sus cientos de tiendas, además de todos los osos, los otros iconos de la ciudad, que me despidieron y desearon suerte para mi próximo destino.




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