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lunes, 14 de septiembre de 2020

San Pedro de Atacama, mi amor. Julio 2016 (2006, 2007,2008, 2014,2016 y 2019)



Este es por lejos mi destino favorito en Chile (junto con Santa Cruz), y es muy, muy especial para mí. Hasta esta fecha he ido 6 veces; para curar un corazón roto, un viaje de hermanis con la Marce, como escala hacia Bolivia, para celebrar mis cumpleaños o solo para conocer. Además es especial porque fue el primer viaje que hice sola en mi vida, y razón por la cual después no me detuve más.

A mí San Pedro me encanta en todas las estaciones, de día y de noche, y siguiendo en dualidades, en plan relajado o lujoso (aunque sólo una de las veces he estado en un hotel top). En todas las oportunidades he estado de 4 a 5 días, no más, y esa ha sido razón suficiente para ir descubriendo de a poco todo lo que el gran y mítico desierto de Atacama tiene para el visitante.

En mi primera visita que fue toda turística hice los imperdibles, incluyendo el Salar de Atacama y las Lagunas Altiplánicas, los Geysers del Tatio, y además recorrí los hermosos pueblos de Alto El Loa como Lasana, Caspana y Chiu Chiu. En las restantes visitas además de repetir los favoritos, he visitado las Termas de Puritama,  Valle de la Luna, Valle de la Muerte a caballo, laguna Céjar, los Pucará  y los otros sitios que se han ido abriendo al turismo a través de los años, además de haber tenido la suerte de poder visitar con la Marce, las instalaciones del proyecto ALMA, en los Llanos de Chajnator.

En esta oportunidad, fuimos a celebrar mi cumpleaños, con tres de mis grandes amigos, la Cathy, Pacita, Luchito y mi hermana Marce. Como la  cosa era multitudinaria, y valía la pena arrendar un auto, directo en el aeropuerto de San Pedro. Esta vez, estuvimos de sábado a martes.

Lo primero que quiero decir como orgullosa chilena es que este viaje permite una hermosa vista de la cordillera de Los Andes, en todo su esplendor; además por la época (julio), estaba blanca y nevada, bellísima, tornando a gris y café en la medida que nos íbamos acercando al desierto de Atacama.



Aterrizamos en Calama, nos reunimos las 4 y Marce agarró el volante del auto que habíamos arrendado previamente en www.hertz.com, y partimos a recorrer los 100 kilómetros que separan el aeropuerto El Loa de San Pedro de Atacama (SPA). También se puede hacer el trayecto en transfer y es súper fácil, porque hay varias empresas con los horarios de todos los vuelos coordinados.


Todo el camino a San Pedro, está lleno de puntos  para obtener la más lindas vistas a la cordillera de la sal, en especial al atardecer, cuando se tiñe de muchos tonos de rosado y cafés.



Esta vez elegimos para quedarnos el Hostal La Casa del Pueblo (www.lacasadelpueblo.cl) administrado por el brillante Francisco y sus chicas (ahora con su señora y su guagüita). El lugar es sencillo y tiene varias ventajas, como su ubicación, dado que está a media cuadra de la calle Caracoles y a una cuadra de la iglesia, además en ese entonces tenía estacionamiento. Las otras veces me he quedado en el Hostal Puritama y en el hermoso hotel Terrantai, que es más exclusivo, hermoso y diseñado por el mismísimo Mathias Klotz.


A media cuadra de nuestro hostal está la calle Caracoles, que es la columna de San Pedro, y su centro comercial y de entretenimiento, llena de restaurantes,  tiendas de ropa (incluida en la que la Marce compró un traje de baño boliviano con falda, porque olvidó en suyo en casa) y souvenir, además de muchísimas, y cada año más, agencias de turismo. Esa es la base para moverse a cualquier parte en la zona, nosotras elegimos de las pocas que tenía habilitado para el Salar de Tara, que no fuera ultramasiva, máximo 6 pasajeros y que resultó un agrado.


A unos pasos de esta calle, está la plaza de San Pedro con sus enormes árboles que dan una rica sombrita, que se agradece en los días más calurosos. Al frente está la feria artesanal donde se encuentran además de los souvenirs obvios, como la artesanía en lana, las más exóticos productos del mercado peruano como  los potenciadores sexuales y otras hierbas, que siempre nos sacan carcajadas con sus graciosos nombres como "rompe calzón" o "siete al hilo".

En la misma plaza está la Iglesia, que data del siglo XVIII, pero que está construida sobre los vestigios de la iglesia original que data de los tiempos de la conquista. Este año por primera vez la encontramos con sus colores original, y no blanca y celeste como en los años anteriores. Su interior, sin embargo está igual, revestida por barro y con madera de chañar atada con cuero en su techo.


También estaba en esta zona el Museo del Padre Le Paige, un cura jesuita que puso toda su energía en el rescate y conservación del patrimonio arqueológico, generando una de las colecciones más importantes de chile. Hoy es administrado por la Universidad Católica del Norte, y está en actual restauración.



Uno de los dos paseos que hicimos estos días fue repetir uno de mis favoritos: las Termas de Puritama. Estos baños están en el fondo de un cañón, a casi 30 kms. de San Pedro y a 3.500 mts. de altura, en la parte que el río Puritama forma unos pozones de agua clara, entre 28 y 31 grados de temperatura.


La Marce fue la encargada de conducirnos para todos lados, y cruzaba con toda maestría caminos calaminados e incluso arroyos y ríos: Ingenieeeero !!!



Bajamos desde el área del estacionamiento caminando (dos veces hemos tenido la suerte que nos suban en auto), pagamos  nuestra entrada de $15.000.- cada una y nos apoderamos de una poza, lo que no fue muy difícil porque había muy poquita gente.





Se puede recorrer todas las pozas, excepto la primera, que es de uso exclusivo de los pasajeros del hotel Explora, quienes son dueños del lugar, entregado para su administración al Consejo de los Pueblos Atacameños.

Nosotras nos quedamos en la que tiene la cascada, que debe ser la tercera o cuarta, para aprovechar el masaje poderoso que da el agua en el cuello y hombros y nos quedamos hasta la tarde, cuando entra la sombra y empieza el frío, antes el sol era implacable.


Después de habernos relajado con el agüita y el sol, y celebrando mi cumple con un picnic con las niñas, partimos a dar una vuelta por los alrededores, paramos en los bofedales hasta llegar a Machuca.

Este poblado no tiene más de 20 casas, y está presidido por un iglesia hermosa que recibe todas las mañanas a los turistas de regreso de los geysers. A esta hora no había nadie, ni un alma, y por supuesto nada abierto, así que no pudieron las niñas deleitarse con el anticucho de carne de alpaca, que tradicionalmente sirven aquí.



Paramos a admirar y fotografiar el hermoso bofedal de Putana, que permite apreciar todo ese contraste de colores clásico de esta parte del altiplano, con el cielo más azul que he visto, los verdes de las pajas y el color del agua. Se puede ver muchas aves, en especial las Taguas.


De regreso transitamos el mismo camino en total soledad y admirando todos los colores, el paisaje y los volcanes.


Nuestro segundo paseo fue el maravilloso Salar de Tara, que tenía pendiente hace un tiempo, y decidimos hacerlo sólo las 4, y con agencia, porque como el camino es medio complicado preferimos asegurarnos y que nos llevaran (el tour con almuerzo y desayuno sale $50.000.- por persona). Fuimos con una pareja de Bretaña, muy amorosos y muy pacientes, porque la verdad no nos callamos nunca en todo el paseo.

Salimos temprano del hostal y comenzamos el ascenso a través de la Cordillera, hacia nuestra primera parada: el Bofedal de Quepiaco, donde nos sacamos mil fotos sobre la laguna totalmente congelada.




Luego en un viraje hacia la nada, porque apenas había una huella en el camino, llegamos donde están los Monjes de la Pacana, que son formaciones rocosas que surgen solas en la mitad del desierto y que parecen mirar al salar de Aguas Calientes, en el total silencio y soledad.



En esta segunda parada tomamos desayuno, me cantaron cumpleaños feliz a mí y al Bretón que nos acompañaba.


Seguimos la huella a cargo de nuestro experimentado conductor, que pasaba como si estuviera en la carretera doble vía y pavimentada, que fue la ventaja con ir con alguien de allá. La distancia no es poca, son 150 kms. de SPA, y tarda casi tres horas, por lo que parece responsable ir de esa forma.


La tercera parada fue la más contemplativa de todas, nos estacionamos para admirar la Catedral de Tara, que fue lo que más me gustó. Esta formación rocosa fue parte de una caldera volcánica, y es impresionante por su dimensión y su color rojizo muy intenso, que contrasta a mil con el azul poderoso del cielo, y con algo de nieve que pudimos encontrar.



Avanzamos un poquito más y nos detuvimos en una parte donde habían muchas formaciones rocosas, más pequeñas que la catedral, alentándonos el guía a reconocer que figuras encontrábamos, echando a correr nuestra imaginación, exacerbada por la altura, porque vimos claramente una cabeza de león.





Y llegamos al fin al objetivo de nuestra aventura: el mismísimo salar de Tara, que está situado a 4.300 mts. de altura y que mide 48 kilómetros cuadrados.


En la época que lo visitamos no había mucha fauna, pero es el lugar de conservación de los Flamencos que llegan en la primavera. Es un ecosistema de tal relevancia que CONAF decidió cerrarlo en 2018 para que se recuperara la fauna y flora que se fue perdiendo y dañando como producto del gran turismo, en especial los viajeros independientes que van fuera de la ruta y que habían provocado daños en los sitios de anidación, por lo que fue una suerte para nosotras poder alcanzar a visitarlo antes que lo cerraran.



Después de verlo y fotografiarlo todo, de puro frío, volvimos a la van y a San Pedro, en el camino inverso, igual de cantado y conversado como en la mañana, cuando el frío y el viento ya empezaban a levantarse. Paramos cerca de los monjes a fotografiar a otra célebre figura, nuestro Nobel Pablo Neruda, que también tiene una piedra con la forma de su cara y su clásico gorro.



Bajamos por la ruta que conduce a Argentina con los volcanes y los rayos del sol a nuestro costado.



Una de las cosas más entretenidas de San Pedro es la "vida nocturna", así entre comillas, porque tan nocturna en el pueblo al menos no es, dado que todo cierra bien temprano, y por eso en consecuencia, los restaurantes funcionan en "horario gringo", concentrando la hora de comida más cerca de  las 19:00 horas.

En mis primeras visitas había una trilogía imperdible: la Estaka, el Blanco y el Adobe, todos con menú de precio fijo y estupendos pisco sour. Ahora algunos se han reinventado como el Blanco,  que ahora es bar, y se llama de otra manera, pero otros siguen honrando la tradición de mesas alrededor del fogón, conversa en mil idiomas y comida exquisita.

El café adobe, para mi el más clásico, y el que me ha recibido mejor desde mi primera visita a San Pedro, y que tiene como particularidad que no es totalmente techado, por lo que permite ver el cielo estrellado (cuando se podía y no habían tantas luces), pero sin morir de frío por su fuego central que animaba cualquier noche, incluyendo una porción bailable en su época.
 


La Estaka, sigue vigente hasta hoy, con una propuesta de comida gourmet inspirada en ingredientes locales y con un sitio hermoso decorado con máscaras y pinturas de motivos altiplánicos y abrigadito para comer y hacer, al menos, un brindis.



El Blanco, también fue mi favorito por años, también por su hermosa decoración, lindos y ricos platos, además por haber sido sede de este cumpleaños, con una cucaracha y un postre delicioso de cortesía, pero también por anécdotas tan lindas como las trenzas de Pipi con la Cathy en 2009, o el ya mítico pisco sour para llevar con la Marce en 2014, cuando no era famoso aún pedir "to take" 



Tan solo caminar por calle Caracoles de noche antes de ir a acostarse, o ir por el último pisco sour, aunque no haya gente, ya es un bonito panorama.


La mañana de nuestro último día, solo la aprovechamos para tomar un largo y conversado desayuno con Francisco en nuestro Hostal y para recorrer el pueblo de día, y hacer algunas compras.



Más tarde regresaríamos a Calama, a cargar bencina, devolver nuestro auto y volver a Santiago y Viña, respectivamente, no sin antes hacer una última parada en el hermoso camino que da la bienvenida a San Pedro atravesando la cordillera de la sal y desviándonos unos metros hacia un mirador hermoso, llamado la Piedra del Coyote, donde nos despedimos del desierto hermoso, que nuevamente nos maravilla y nos recibe con sus magníficos colores y formas.






Next destination: La Habana Cuba !





viernes, 4 de septiembre de 2020

24 horas en Madrid, antes de volver a casa. Abril 2016

Podría escribir miles de páginas de Madrid, porque a riesgo de sonar cliché, la siento como "mi" ciudad. Cada vez que voy encuentro algún rincón bonito, un paseo hermoso o un lindo restaurante y siempre elijo mi conexión aquí para pasar los primeros y últimos día de cada viaje. Me gusta también tomarla como base de operaciones, dada su excelente conectividad, para ir como en mi primera visita a Toledo, Ávila o Segovia, o simplemente para vivirla, como pasó el 2018, cuando hice mi pasantía en la universidad  y fui una madrileña por adopción por casi un mes. Esta fue la cuarta vez en la ciudad.

El elegido para dormir por esta vez, como iba a ser tan cortita la estadía, fue en NH Atocha, donde ya me había quedado una vez, por lo funcional de su ubicación: al lado del metro y al lado de la estación de trenes de Atocha, así que me quedó muy bien, llegando desde el aeropuerto desde Moscú y hacia Santiago al día siguiente. Tuvo esta vez, eso sí, otros dos plus: me regalaron el late check out y me dieron una habitación con vista al Parque del Retiro, con una pequeña terracita hermosa.




Me instalé y me fui a a recoger mis postales favoritas al centro y a hacer mis últimas compritas a calle Preciados, en especial las marcas que acá llegan muy caras como Desigual o las que aún no llegan como como Yves Rocher o los maravillosos pinches y accesorios de Brigitte Bijou.


Me devolví caminando desde Sol cruzando todo el Barrio de las Letras, también llamado barrio Cortes, donde me encontré con la muy animada Plaza de Santa Ana, centro y alma del barrio, presidida por la torre del Hotel Reina Victoria y que también es sede el teatro español. Me senté a comer tranquila, la verdad donde encontré lugar porque estaba llenísimo todo y, aprovechando el bullicio de la plaza llena de bares y tabernas, en plena actividad.

También aproveché de hacer una visita a la Boca del Lobo, uno de los lugares donde lo he pasado mejor bailando y escuchando música en vivo, donde alcancé a ver un poco de la banda y volví a descansar.


Al otro día, con ánimo y humor de último día de vacaciones y a punto ya de regresar a casa, partí super tarde  a mi vecino Casa Luciano, que como casi todo en este barrio data de principios del siglo XX. Sirven comida casera, por lo tanto un desayuno exquisito, al  cual le agregué churros, aunque sin chocolate.


Desde allí empecé mi caminata para encontrar los tesoros de mi vecino barrio las Letras, por eso comencé por calle Huertas, donde cómo indica su nombre estaban las antiguas tierras de cultivo de la ciudad medieval, porque esta es una de las partes más antiguas de Madrid.

Mi primera visita fue al Convento de las Trinitarias Descalzas de San Idelfonso, que data del siglo XVII, y que resultó ser un tesoro por dos motivos: el primero, porque tuve la fortuna de ver cómo se ordenaban dos nuevas religiosas, provenientes de Bolivia y Ecuador. Cuando entré me dio mucha vergüenza, porque yo iba con otro objetivo, pero me invitaron a quedarme y fue una experiencia muy solemne y linda de presenciar en esta época en que yo pensaba que ya no quedaban vocaciones, además porque eran monjas de claustro.

La segunda razón es porque aquí se encuentra enterrado Miguel de Cervantes, el más célebre de los escritores del castellano.



Aunque todo en este barrio tributa a las letras y a los literatos del llamado siglo de oro español, dado que además se encuentra la casa de otro portento, cuya calle es de las más importantes del sitio: Lope de Vega, Cervantes es el protagonista de cada calle y esquina, formándose una verdadera Ruta Cervantina.

En el número 2 de la actual calle Cervantes (antes calle Franco) está la casa donde vivió y murió el escritor, y hoy se conmemora con varias placas recordatorias y también se encuentra en este barrio el lugar donde se imprimió el Quijote.




Las calles adoquinadas de esta parte del barrio tienen escritas en metal no sólo la indicación de los sitios más célebres, sino transcripciones de algunos pasajes de las obras más importantes del mismo Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, José Zorrilla y Gustavo Adolfo Becquer. 


Y en las paredes, más alusiones a Cervantes.


No solo la consagración a la literatura hacen importante a este barrio, sino también los hermosos edificios, todos antiguos, los bares y las tiendas con identidad local y de barrio.


Seguí caminando hacia la Plaza Mayor para repetir mis vistas favoritas de la ciudad, en plena actividad y como siempre estaba súper entretenida (y linda).


Ya me quedaba una sola visita favorita, para completar mi día feliz en Madrid, y para aprovechar de comer algo rico y ver sus mil colores: el Mercado de San Miguel, que sé que es lugar ultra turístico, pero me gusta mucho.


Desde ahí me devolví a Sol a visitar al Oso y el Madroño y a seguir con mis últimas compras, no sin antes  honrar a mi abuelita que también amaba esta ciudad y la visitaba año a año, con su comadre Pascuala.



Ya aquí despediría mi viaje de casi un mes que comenzó aquí mismo en Madrid, siguió unos días lindos en Santiago de Compostela, visitando a mis favoritos en Valencia, donde además tuve la oportunidad de vivir las fallas, pasé por Amsterdam, Berlín y Praga, aprendiendo historia y disfrutando de su hermosura, y finalicé en Moscú, con toda su belleza y relevancia. Fue un plan B,  ante la suspensión de la pasantía que finalmente haría en 2018, pero que como todos mis viajes resultó perfecto!

Next Destination: por fin San Pedro de Atacama (era la cuarta vez y no había escrito nunca de ahí)